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domingo, 2 de mayo de 2010

Como si la crisis económica ( que va a peor ) y sus perspectivas suficientemente graves como para exigir todas las energías y el patriotismo de las fuerzas políticas y de los españoles, los partidos políticos siguen por la senda de la crispación. La sociedad española ( pienso ) anhela unidad frente a la crisis y a la conflictividad, y moderación en los hábitos políticos y sociales, pero bastan un par de asuntos judiciales que en su día, como en derecho corresponde, resolverán los magistrados encargados y que para eso están, para que los dirigentes de uno u otro color, se alineen en posicionamientos más radicales, sobre todo los generados en las filas socialistas e izquierdistas, sin que sus máximos dirigentes tengan la altura de miras y la sensatez de frenar los impulsos cainitas, desalmados, crueles y fratricidas y ordenar o sugerir tranquilidad a sus correligionarios más viscerales y con ácidas asaduras. Se cuestiona la legitimidad del Tribunal Constitucional, del Supremo, los dos órganos más importantes de la arquitectura institucional del País.
Se está poniendo en peligro la democracia. Parece como si los políticos estuvieran interesados, por sus cuestiones espurias, bastardas y fraudulentas, en aglutinar a sus sectores más radicalizados, fanáticos y extremistas, en la activación de una revolución, que en ofrecer soluciones constructivas a los problemas de la Nación.
No se tratan de episodios puntuales, como los que se han venido produciendo periódicamente en el reciente pasado, ya que en esta ocasión se cuestiona, con insultos, baldones, ofensas, mofas, escarnios, afrentas, dicterios, vituperios, oprobios, denuestos, improperios, injurias, agravios, falacias, dolo, trampa y engaño, a los jueces y otros funcionarios que han de velar por la vigencia plena de La Constitución en todo el territorio nacional ( incluídos Ceuta y Melilla ) y se pone en duda, entre otras cosas, la Ley de Amnistía y los fundamentos de la Transición, tratando de despertar a los fantasmas del pasado y volver a regurgitar a los dos Españas ( que por otro lado siempre han estado ahí ). Han de cambiar de actitud todos y todas, y ofrecer al común interés de la sociedad en general lo que todos y todas esperan de todos y todas, después de treinta años de una relativa convivencia en concordia.
Discrepancias legítimas tienen que haber, también luchas de poder y ambición de gobernar para el pueblo, pero sin traspasar las fronteras del odio, del rencor, y del espíritu de guerra, y dentro de lo reglamentario, lícito y razonable.
No deberían ser tiempos de radicalismos, aunque yo ya estoy preparado para cualquier contingencia.....

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