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lunes, 18 de enero de 2010

Los probables atentados terroristas islámicos están haciendo que las medidas de control lleguen hasta el paroxismo, el frenesí d gurgar en los más recónditos lugares del cuerpo humano, mediante ( entre otros medios ) sofisticados aparatos susceptibles de desnudar indiscriminadamente a todos, los viajeros y no por mor de resguardar la seguridad individual, sino por otras intenciones espurias basadas en la tan manida " razón de Estado ". El motivo, también ( ya lo he dicho en otras ocasiones ), es la seguridad, pura y dura. Pero, en el fondo, es el resultado final de una sociedad de masas en el que el sujeto no cuenta para nada.
Es posible que la vida sea un cuento absurdo, narrado por un idiota sin gracia, lleno de brutalidad y furia... Sin embargo, el personal ( lo vuelvo a iterar ), necesita creer lo contrario y partir de la idea, aun siendo impostora, de que la personalidad tiene valor, que el individuo no es un objeto malicioso de ser usado al libre albedrío de la mayoría y del " Capitán Tan ", " Valentina  " y " Locomotoro "...
Es un problema de respeto a un valor esencial del ser humano, imposible de demostrar, pero imprescindible en el desarrollo: la intimidad. Esta civilización partió de la idea de que cada persona, es distinguible el uno del otro, no una masa amorfa dotada de un " alma única ". Por eso, lo más profundo del yo normalmente origina sentimientos de vergüenza, o d pudor, probablemente porque la deja al descubierto, al poner de relieve su útlima individualidad, lo que realmente es.
Es posible que, el ser humano sólo constituya una ilusión necesaria, una quimera, una fábula, una ficción o una alucinación imprescindible, resultado  de un complejo perceptivo tan sofisticado de la actividad cerebral, que embaucado puede contemplarse a sí mismo.
El espíritu no sería más que el resultado del zumbido de sus partes. Aunque realmente fuese así, la gente no podría vivir sin creer lo contrario. En el fondo, aunque resulte paradójico, dada su defensa de la entidad individual, sea Occidente quien más haya contribuido a la desaparición de la originalidad y de los derechos cívicos. El carácter hipócrita del " primer mundo " ( la sociedad civilizada ) ha hecho que se tome muy en serio aquello de: " todo el que obra mal aborrece la luz, para que no sean puestas al descubierto sus obras; pero el que obra la verdad viene a la luz, para que se manifiesten sus obras como hechas en Dios."
En consecuencia, todo debería star " eexpusto a los rayos del Sol ". Pero aunque el " Príncipe de las Tinieblas " pueda amar la oscuridad, me confieso ferviente partidario de ella.
El secreto no tiene porque ser pecaminoso; y aun lo fuere, prefiero condenarme para toda la eternidad a que los poderes fácticos públicos y privados, el resto de " lameculos ", los medios de comunicación y el sufragáneo, puedan desnudarme para demostrar esencial identidad...


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