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sábado, 16 de junio de 2012

POBRE EURO

El euro, tan alegre ayer, se está viniendo abajo como una candela de papeles. Tomo de la caja un billete de veinte euros para ir de compra y parece que llevo en la mano una hoja de lechuga muerta. Y cuando el panadero me devuelve el cambio en billetes de cinco, es como si me diera cuatro pajarillos agonizantes, con el cuello roto, que quizás no lleguen ni al estanco. El euro, ¿ recuerdan Vds. ? aquel cachorrillo financiero cuyo alumbramiento produjo tanta alegría mediática, resulta que es idiota y que goza de mala salud. En apenas diez años ha envejecido cien. No ve, no oye, y le huele el aliento como al agonizante en cuyo estómago se estancan los almíbares medicinales.
Tengo la impresión de que el euro ya no vale nada. Si valiera, no descargarían sobre Bankia, por poner un ejemplo, de ese modo, a espuertas, como el que vuelca un camión de basura sobre un muladar. El caviar vale mucho porque es escaso, lo mismo que la trufa y el oro. Del euro en cambio de habla por miles de millones. Cincuenta mil millones para rescatar a Grecia, cien mil millones para rescatar la banca española, y un millón doscientos mil, para recompensar a D. Rodrigo Rato del agujero que ha dejado.
Pienso en mis ahorros, depositados en el banco de la esquina, y resulta que ya no son mis ahorros, ya no son el resultado de mi trabajo y de mi vida austera, sino un conjunto de muestras y evidencias orgánicas destinadas al análisis clínico o de los forenses y agentes de la Policía Científica, trozos de tejidos para una biopsia de resultados terroríficos. Y el banco donde guardo mis ahorros es ese frigorífico que no funciona, esa nevera vieja a la que se le enciende la luz cuando la cierras y se apaga al abrirlo y que congela cuando debería enfriar o enfría donde debía de congelar. El euro me ha mostrado su cara real y de la que hace tiempo tenía fundadas sospechas, penosa, lamentable, como cuando el payaso se quita el maquillaje y aparece detrás un funcionario de la risa, un sujeto menesteroso y tétrico que cena judías verdes rehogadas y berenjenas al estilo catalán.
La pesetas era triste, desde luego, olía a repollo hervido y coles, pero el euro se ha quedado sin dientes, en plena juventud.-
-Lord Lancaster-

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