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lunes, 28 de febrero de 2011

¿ Cómo definir a los “ hombres fuertes ” que han caído o están cayendo en estos días ? ¿ Cómo definir al tunecino Ben Alí, al egipcio Mubarak, al libio Gadaffi y a otros como ellos que dentro y fuera del mundo árabe, hasta en Irán y en China, están a la defensiva por todas partes ? Después de una breve aclaración, podríamos llamarlos dictadores. Esta breve aclaración viene a cuento porque, cuando nació en el seno de la República Romana, la “ dictadura ” era una institución constitucional en virtud de la cual el Senado otorgaba plenos poderes por seis meses a un ciudadano en tiempos de emergencia, hasta que en el año 44 a.C. Julio César reclamó y obtuvo nada menos que la “ dictadura perpetua ” , iniciando el derrumbe de la República que culminaría, pocos años más tarde, en el advenimiento antirepublicano del Imperio.
Desde César hasta nuestros días llamamos por eso “ dictadores ”, " sátrapas " a quienes, habiendo monopolizado el poder político, albergan además la intención de conservarlo indefinidamente. Pero César fue asesinado en ese mismo año 44 a.C. en que lo habían consagrado, exhibiendo así la íntima contradicción que ha cercado a los dictadores desde entonces: pretender de un lado la perpetuidad para aprender algunos años o algunas décadas más tarde, del otro lado, que ellos también eran mortales; política o biológicamente mortales.
¿ No hay entonces ningún regimen político que pueda aspirar a la inmortalidad ? Sí lo hay: la democracia. Desde que fundaron la monarquía parlamentaria en 1688, los ingleses la han ido perfeccionando hasta nuestros días. Desde que aprobaron en 1787 la Constitución que todavía los rige, los norteamericanos han alcanzado una perduración comparable. Más de trecientos años de vida en Londres, más de docientos años en Washington, los sistemas políticos anglosajones han sobrevivido por siglos. A partir de fines de la Segunda Guerra Mundial, las naciones europeas han vivido por su parte en democracia durante décadas. Algo similar cabría decir de las democracias asiáticas en países como Japón, la India, Corea del Sur y Taiwan. A todas estas naciones empieza a sumarse la incipiente longevidad que están obteniendo las democracias iberoamericanas de Brasil, Uruguay, Chile, Colombia, México y Costa Rica, desde los años ochenta.
Pero la inmortalidad de las democracias se ha logrado mediante el cumplimiento de una condición insoslayable: que ninguno de sus gobernantes pretendiera la inmortalidad para sí, como ocurre hoy en el caso de España con " El Iluminado " Sr. Zapatero. La paradoja es entonces que, aun siendo “ largas ”, las democracias tienen a la vista esa inmortalidad que los dictadores pretendieron para sí sin conseguirla, a través de una sucesión de gobiernos “ cortos ”, de pocos años cada uno, como la sumatoria de los breves pasos cuya paciente acumulación proyecta al alpinista, al fin, hasta la cima de la montaña. La inmortalidad de las democracias no se busca, por lo dicho, en el plano “ personal ” sino en el plano “ institucional ”, a cambio de un agregado incesante de humildades personales. Lo corto es, en definitiva, lo único que es largo: he aquí el secreto de las democracias. Un secreto que asegura además la rotación pacífica de los gobernantes en el poder, frente al abismo que siempre acompaña como si fuera una maldición a la soberbia de los dictadores o de los que se perpetúan en el poder, cada vez que la historia necesita recordarles que también ellos, aunque se creen imprescindibles, son contingentes.
Los griegos llamaban “ hübris ” a la desmesura de aquellos que albergaban ambiciones desmedidas, en un alocado intento de emular a los dioses. Pero ya Homero llamaba “ inmortales ” sólo a los dioses, reservando el modesto nombre de “ mortales ” para los seres humanos. Por eso los dioses, celosos de sus privilegios, castigaban en la tragedia griega la soberbia de los reyes y guerreros que habían cometido el exceso de “ creérsela ”, ignorando su condición mortal. Así, mediante la tragedia, autores como Esquilo y Sófocles subrayaron la precariedad de nuestra naturaleza. Es que si bien hemos recibido el don de la vida y nuestra obligación primordial es, como advirtió Santo Tomás de Aquino, “ persistir en el ser ”, ese ser que nos han regalado Dios o los dioses es por por cierto un don, pero un don “ limitado ”. Esta es la verdad elemental que en su desvarío han ignorado y aún ignoran a costa suya, y sobre todo a costa de sus pueblos, los dictadores que han intentado burlar el curso turbulento de la historia, desde César hasta hoy.
-Corso-







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