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viernes, 10 de febrero de 2012

No hacía un año que habías recibido tu despacho de teniente y ya te fuiste voluntario para Afganistán.

Cuando relatas el atentado que sufriste cerca de Ludina , en la que describes como «polvorienta ruta Lithium» describes que «mi vehículo era el cuarto de la columna; no recuerdo la explosión, posiblemente perdí el conocimiento por unos instantes y los gritos de mi conductora –Jenifer García López– me devolvieron a la realidad. Creo que en ningún momento fui consciente de las heridas que había sufrido». «Desperté dos días después en el hospital de Herat y al saber que todos los ocupantes del vehículo estaban fuera de peligro, me sentí aliviado».

Las palabras que pronunció recientemente el teniente Agustín Gras Baeza en Melilla son toda una lección: «De lo que no tengo ninguna duda es de que fue solamente la pierna, no la cabeza ni la ilusión lo que perdí en Afganistán. Mi vocación sigue intacta». Todo un mensaje, que estoy seguro será bien recibido por las actuales autoridades de Defensa. Porque –por supuesto y desgraciadamente– no es el único caso. Pero la normativa vigente no contempla su recuperación para el servicio y cubre solamente indemnizaciones y pensiones. Una Ley de 1984 extinguió el Benemérito Cuerpo de Mutilados y la Ley 17/89 de Personal Militar, ratificaba definitivamente su extinción. «Separaba de forma traumática –dice acertadamente el coronel Alberto Pérez Jiménez en la Revista «Atenea»– a un colectivo que durante siglos fue objeto de atención preferente dentro de las Fuerzas Armadas».

La Medalla de Sufrimientos por la Patria, la segunda condecoración más antigua de España, instituida en 1814 para honrar los sufrimientos de los soldados que fueron hechos prisioneros por Napoleón, también fue suprimida y sustituida por el distintivo amarillo de las homogeneizadas Medallas del Mérito Militar. Lo de «patria» chirriaba en los oídos de los responsables de Defensa del momento, que estaban a años luz del esfuerzo y sacrificio que representó para muchos soldados de quinta y para muchos mandos el servir en Ifni o en el Sáhara y para otros ya profesionales hacerlo en Bosnia, en Iraq, en Líbano o en Afganistán.

Por supuesto, la reciente y contestada Ley de Derechos y Deberes tampoco se hizo eco. De ningún modo se tenía que dar la sensación de que nuestros soldados estaban en una guerra, aunque gentes de armas como el teniente Gras, sintieran sus «deberes» de servir, de acudir a los lugares de mayor riesgo y fatiga y de obedecer muy por encima de sus priorizados «derechos».

Ni una recriminación en sus palabras pronunciadas en una ciudad heroica como Melilla: ni del material, ni de sus mandos, ni de las órdenes recibidas, ni de los sistemas de protección o de información, ni de los médicos.

Conozco bien la sensibilidad del ministro Morenés, que ya adelantó recientemente que «mantener a nuestros heridos próximos a sus compañeros les hará mas útiles y reconocidos» abundando en las palabras de S.M. El Rey pronunciadas en la Pascua Militar de «haber constatado el espíritu de sacrificio, entereza y ganas de volver a sus puestos de los heridos».

¡Por supuesto, podeis servir, mi teniente! Encontraríamos muchos ejemplos. El joven teniente Eric Shinseki perdió un pie en Vietnam en 1999 y mandó más tarde como general, la Junta de Jefes de Estado Mayor norteamericana.

Repito: el mensaje está pasado y en buenas manos. El momento invita a la reflexión y a la rectificación, especialmente cuando la sociedad valora vuestro trabajo. Es el momento, teniente Gras y tus palabras son más que oportunas.

El ingreso en un nuevo cuerpo de mutilados sería voluntario y las salidas resueltas, caso por caso, bien reincorporándolos a la unidad de procedencia, bien mediante cambio de especialidad o situándolos en trabajos relacionados con la defensa, y en otros casos impulsándolos a estudiar y programar una nueva actividad. Todo cabe si hay voluntad de hacerlo. Jenifer, la conductora del teniente que también perdió una pierna, antigua campeona de Europa en una especialidad de artes marciales, lo está haciendo montando un gimnasio en su tierra de adopción, Tenerife. Podría ser –¿por qué no?– una magnífica instructora de la Escuela Central de Educación Física del Ejército, ubicada en Toledo.

Mi enhorabuena a la revista «Atenea», que prepara un Foro sobre el tema, el próximo 7 de marzo . También el momento es oportuno. De esta publicación extraigo una magnífica interpretación de Jose Luis Bazán sobre el porqué al que hemos llegado: «El silencio social y legislativo ante estos militares, son certero indicador de la inconsciencia moral de una sociedad colonizada por la lógica del interés particular, que parece haber desterrado el sentido del deber, la vocación y el servicio, que son pilares de su propia existencia y salubridad ética».

¡Muchos os entendemos y valoramos, mi teniente Gras! Pero, gracias por sacudirnos la conciencia

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