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martes, 2 de noviembre de 2010

EL PSICOANALISTA

Cuando mi psicoanalista me preguntó que de dónde me venía la afición a
las pastillas, recordé una escena de no hace mucho ( cuando ella vivía
) en la que mi madre le decía a una amiga que si en su tiempo hubiera
habido pastillas anticonceptivas, no habría tenido ni la mitad de los
hij@s que había traído al Mundo. Hice cuentas y comprobé que yo
pertenecía a la mitad maldita, lo que me hundió en una perplejidad
indolora. Le conté el recuerdo a mi " loquero " personal y luego
añadí:

- -Quizás me mato a base de pastillas ( y a veces de alcohol ) para
compensar la ausencia de aquella que habría evitado mi nacimiento.

A mi psicoanalista le pareció una asociación correcta, aunque algo
retórica ( a mi también ).

- -Pruebe otra cosa, dijo. Váyase a vivir a otro país que le guste.

- -Veamos, apunté acomodándome en el sillón, tomo pastillas y alcohol
porque son la versión farmaceútica y social, adulta, de los elixires
de los cuentos infantiles.

- -¿ Y para qué necesita usted un elixir ?

- -No sé, para volar o para volverme invisible, o para encontrarme en
otro Mundo, el que yo considero que debería de ser, para adquirir
algún otro tipo de poder.

- -De modo, dijo él, que de un lado toma usted pastillas y alcohol
para matarse, cumpliendo así el deseo de su madre de no haberle traído
al mundo, y, de otro l@s toma para considerarse un ser omnipotente.
Absolutamente, usted no tiene términos medios.

- -Está bien, sí, ingiero esos tóxicos para una cosa y para su
contraria. ¿ Qué hay de raro en eso ? ¿ Acaso no nacemos para morir ?

- -¿ Pero, por qué se enfada ?

- -No me enfado, es mi carácter...

Permanecí en un silencio rencoroso durante unos minutos al cabo de los
cuales le pregunté si me podía facilitar un vaso de agua para tomarme
una pastilla.

- -¿ Qué clase de pastilla ?, dijo él.

- -No sé, una cualquiera, dije yo, llevo varias.

Eché manos al bolsillo y saqué un puñado de " pirulas " de diversos
colores y tamaños.

- -Antes, añadí, averiguaba para qué servían unas y otras, ahora me da
igual, me echo a la boca la primera que pillo, sin saber si se trata
de Livrium u Omeoprazol. Es mejor no saberlo. Hago lo mismo con los
libros.

- -¿ En qué sentido ?

- -Oculto las tapas, para no saber si lo que abro es una novela, un
ensayo o mi autobiografía.

- -Ya, dijo, él.

- -¿ Ya qué ?, pregunté yo.

- -No quiere saber usted nada de nada...

- -Así es.

- -¿ Y lo de no querer saber lo que lee guarda también relación con lo
de su madre ?

- -Con mi padre más bien.

- -Nunca quiso entenderme, ni me entiende, ni creo que lo haga ya.

Mi psicoanalista me dijo que ya era la hora y me levanté preguntándole
si me iba a dar o no el vaso de agua. Me dijo que no. Le pedí entonces
que me prestara un libro cualquiera, pues tenía que hacer tiempo antes
coger el cercanías, y me dijo que tampoco. Le pregunté que cuando
tenía que volver a su consulta y me dijo que nunca jamás.

De modo que salí, me metí en el bar de la esquina que se denomina "
Axarquía " y pedí un whisky doble con un par de cubitos de hielo con
el que me tomé una pastilla rosada mientras leía un periódico
atrasado. Al poco, tuve una erección, el " cayetano " se me puso como
un tronco, no sé si por la pastilla o por el periódico.

-JACH-


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EL TEMPLARIO

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