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miércoles, 4 de julio de 2012

EL HOMBRE, UNA LA ESPECIE EN EXTINCIÓN

No cesan de surgir ideas para ganar dinero; los laboratorios farmacéuticos diseñando píldoras anticonceptivas y/o abortivas, otros gastando una fortuna para adoptar un niño hasta el punto de ser uno de los mayores negocios de algunos países, otros enriquecen a las Clínicas para tener un hijo por Fecundación in Vitro cuando no para abortar. Una locura. Si tienes el cuarto hijo… ¡tienes que defenderte! No piensas en los demás, te dicen, eres un o una egoísta. Entran ganas de decirles: “mis hijos pagarán tu Seguridad Social el día de mañana cuando estés en un asilo hasta que te eutanasien”.

Acaba de ser aprobada en Estados Unidos la píldora anticonceptiva que elimina la menstruación. Nos mandó Dios a la especie humana crecer y llenar la tierra y como entonces sólo pensamos en desobedecer. Confiar en Dios, ejercitar las virtudes humanas de la sobriedad y la templanza o el mero hecho de hablar de virtudes es poco menos que una aberración monstruosa. Un profesor de Instituto tuvo que llamar a la virtud “comportamiento pautado” para que colara el libro que había escrito y no ser echado del trabajo. Pero donde vamos a parar. Llamar a las cosas por su nombre es intolerancia para los que son los verdaderos… intolerantes.

¿Caminamos hacia la extinción de la especie humana? Pues miren, no. Caminamos hacia la selección sobrenatural. La gente buena generosa, sana, con ideales humanos y, por tanto, aunque ellos mismos lo desconozcan que se mueven por principios cristianos sacarán a flote este barco que ha botado Dios y al que cuida con cariño pese a nuestros desatinos.

La antropología constituye el fundamento de la ética. En la Biblia, al comienzo del Génesis, es dónde se contienen los fundamentos de la auténtica antropología. ¡Dominad la tierra! Allí se lee este precepto ecológico de Dios para el hombre acerca del dominio y cuidado de la creación. Con lentitud y altibajos, tras el pecado de origen, este mandato ha ido en progresión como lo demuestra en la historia el avance tecnológico. Sin embargo no caminan necesariamente de la mano. Si se invierte la metafísica y el inmanentismo se erige en árbitro de la verdad sobre el hombre suceden estas paradojas: la ciencia amenaza al hombre con la extinción.

La ciencia ha experimentado avances increíbles. Es un progreso inexorable que sólo una catástrofe nuclear podría reducir a pavesas. Nunca, ni los más poderosos de la antigüedad, posiblemente, hayan tenido la calidad de vida que tiene el hombre de hoy, incluso los de una mediana economía más bien baja. Se puede afirmar que esta orden divina de dominar la tierra va teniendo lugar. No obstante, si no se tiene en cuenta la realidad antropológica, si se olvida quién es el hombre, de dónde viene y a dónde va, el avance científico se revuelve contra el hombre hasta utilizarlo como producto de consumo, esclavitud, etc.

Dios mandó dominar la tierra no esclavizar al hombre. Existe, pues, la necesidad imperiosa de suscitar cada vez más el sentido de admiración y el reconocimiento de la grandeza de cada vida humana, incluso de las personas que sufren. En un mundo que tiende a perder sensibilidad ante el misterio grandioso de la persona, se hace más necesario recordar esta maravillosa novedad del amor de Dios por cada hombre, novedad que es parte de nuestra fe en Dios Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles.

La primera acción ecológica: ¡salvar la especie humana! La muerte en 1994 del Prof. Lejeune supuso la pérdida de un científico francés que tuvo un especial “carisma” para utilizar sus profundos conocimientos de la vida y de sus secretos en favor del verdadero bien del hombre y de la humanidad. “La vida tiene una historia muy larga –solía decir–, pero cada individuo tiene un comienzo muy preciso: el momento de la concepción”. Explicaba que el embrión es, sin lugar a dudas, uno de los nuestros, ¡un hombre!, aunque el más chico. “El increíble Pulgarcito, el hombre que era más pequeño que el dedo pulgar existe realmente; y no en la imaginación de un cuento, sino el que cada uno de nosotros hemos sido”. También, Jesucristo fue embrión, dirá –con atrevida rotundidad– el Cardenal Castrillón, subrayando así la verdadera humanidad del Verbo encarnado y su paso por las fases de gestación de todo ser humano.

La antropología –decíamos– constituye el fundamento de la ética. La interpretación adecuada acerca de la verdad sobre el hombre es imprescindible para captar correctamente el contenido del amor. Ninguna vida humana viene al mundo por casualidad. Cada uno es el término de un acto de amor creador de Dios y, desde la concepción, está llamado a la comunión eterna con Dios. Esta certeza de saber quién es el hombre y a dónde va, provoca la necesidad imperiosa de admirarse ante la grandeza de cada vida humana, incluso de aquellos que sufren, son muy ancianos, poseen deficiencias mentales o están muy limitados.

La sociedad actual no hallará una solución al problema ecológico si no revisa seriamente su estilo de vida. En muchas partes del mundo esta misma sociedad –la de mayores posibilidades económicas– se inclina al hedonismo y al consumismo, pero permanece indiferente a los daños que éstos causan. Si falta el sentido del valor de la persona y de la vida humana, aumenta el desinterés por los demás y por la tierra.

Urge que se formen en la austeridad, la templanza, la autodisciplina y el espíritu de sacrificio los mismos poderosos y gobernantes, a fin de que la mayoría no tenga que sufrir las consecuencias negativas de la negligencia de esos pocos. Urge la necesidad de educar a todos en la responsabilidad ecológica: responsabilidad primero con nosotros mismos y con los demás; después, responsabilidad con el ambiente. Su fin no debe ser ideológico ni político, y su planteamiento no puede fundamentarse en un vago rechazo del mundo, como un retorno al “paraíso perdido”. El ecologista de verdad es pacífico; engendra paz. De no ser así estaremos ante un beligerante pacifista.

Dios es puro e infinito Amor. Amar es volcarse en el otro, alejar toda tentativa de subjetivismo egoísta. El amor es algo que “hace existir” al “otro”, dice Frossard. En la medida en que el ser humano es conocedor de su hechura a imagen y semejanza de Dios, se siente más invitado a proceder como Dios mismo; es decir, a comunicar el poder creador de su amor. El hombre ha de buscar en Dios su propia verdad, pues es allí dónde está su identidad original; y si no lo hace es porque no quiere con sinceridad conocerse. En ese caso su destino será flotar en el vacío de su ignorancia eterna.

¿Cómo podría ser considerado el hombre imagen y semejanza de Dios, si no se lanzara también él a la aventura de amar? El amor verdadero aquí no acaba nunca y, en el más allá, es eterno. No podemos olvidar jamás “que entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia” .

Pedro Beteta
Doctor en Bioquímica y Teólogo

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