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miércoles, 20 de octubre de 2010

Ya sé que pensar de buena fe y hacer cosas decentes puede echar a mal perder mi nefasta reputación, pero a veces me emociono con algo con lo que jamás tendré remordimientos de conciencia. Esta mañana me senté en una cafetería del Paseo Marítimo de Torremolinos y me reencontré con la fuerza esencial y sentimental de lo sencillo mientras el mar descargaba el telar gris azulón de lento oelaje casi de mercería y un solitario bañista cincuentón y guiri tanteaba el agua helada antes de zambullirse en ella y salir huyendo, que ya en éstas fechas el Mediterráneo empieza a estar frío y recuerdo que cuando era niño un marinero me dijo que si por aquellos días de invierno echaban un cadáver al agua, con seguridad saldría por su propio pie.
Un colega mío que se las daba de buen nadador y de consumado y esforzado fondista, me comentó hace años que en las aguas de la mar no habría un solo esfuerzo por el que el ser humano pudiese sudar. Yo no sé si aquel tipo exageraba, pero creo que en ese lugar a mar abierto mirando hacia Melilla, los peces evolucionaron hasta quedarse sin párpados por culpa de que con la baja temperatura del agua les era imposible dormir. 
Recuerdo haber visto en las costas del Atlántico en Tánger una playa en la que al llegar noviembre se reunían sobre la sémola de la bajamar la hojarasca y el musgo, un arenal verde y pelirrojo en el que se daban juntas las almejas y el brezo, el trébol y las cerezas. Pensé entonces que el abandono produce a veces una inesperada y desidiosa belleza que se malogra si se pretende ajardinarla, igual que se malogra a menudo el talento ( no de ZP que nunca lo ha tenido ) del artista si se pretende en convertirlo en algo menos emotivo y menos funcional, como a mí tratándome a éstas alturas de cambiarme o de yo tratar de seguir el ritmo y la cadencia de los y las que me rodean.
En todo pensaba mientras tomaba café, frente al incontestable espectáculo de La Mar entumecida por su fría agua, por lo que no me sentía en absoluto con la necesidad de ser trascendental. A veces mi cerebro le deja ese privilegio a otras cosas más banales.
La verdad es que en cualquier posición emocionante, en las vericuetas odiseas de mi vida en lasque me he encontrado a lo largo de mi largo caminar como nómada por el desierto de la Vida, a menudo sólo me interesó saber dónde diablos estaría el retrete.-
-ABSALON-    

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