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domingo, 5 de agosto de 2012

El sistema político español está padeciendo una crisis de enorme envergadura que se manifiesta en múltiples y muy variadas formas, si bien la mayoría de ellas se pueden sintetizar en la creciente y acelerado descrédito sobre los representantes y las instituciones políticas. Este particular sentimiento antipolítico pareciera haberse instalado de manera sólida y brutal en nuestra forma de pensar colectiva.
No obstante, los trabajadores españoles, junto con todos aquellos que desean serlo y no pueden, revelan a través de sus opiniones y acciones que están hartos de un problema estructural y de tanto sinvergüenza. El movimiento 15-M ya quiso poner con diáfana claridad éstas cuestiones encima de la mesa: no se reclamaban     demandas concretas en una determinada coyuntura, sino que la acción era elevar un grito de crispación y desesperación al contexto socioeconómico en su conjunto. Su objetivo primario era refundar la sociedad reuniéndose en las ágoras donde se construirían los mapas y las guías con las que lograrlo. 
Tras aquel estallido social desordenado y a posteriori caótico, el desengaño de tener que aceptar que los impulsos primarios e instintivos, sin estar inscritos en un planteamiento estratégico y organizado, eran insuficientes para garantizar avance social alguno.  Pero perdiendo intensidad la manifestación física de aquel movimiento, las fuerzas que habían causado su surgimiento continuaron desarrollándose de forma amorfa sin pausa. El escenario actual, o dicho de en términos más clásicos, las condiciones materiales de la existencia, continuaron deteriorándose apocalípticamente y dando lugar a una extensión cuantitativa y cualitativa de la frustración y depresión ciudadana.
El sistema político caduco ha sido puesto lógicamente en cuestión cada vez con más fuerza y con más indignación como consecuencia de una desesperación progresiva, cuya concreción son la caída de las retribuciones, la pérdida de calidad de vida, de sanidad y de educación pública, el aumento de la desigualdad y sobre todo el creciente descontento generalizado. Los responsables visibles de este deterioro han sido los políticos, pero también las instituciones vinculadas ( Senado, Congreso, diputaciones, parlamentos autonómicos, etc. ). Se juzga Y RESPONSABILIZA, con o sin acierto a instituciones creadas hace más de treinta años y que, son incapaces de dar respuesta a las demandas tanto generales como concretas de la sociedad.
El Gobierno, en cambio, no ejerce autocrítica sino que por el contrario se ha enroscado, siendo un ejemplo irrefutable de aislamiento y vaciado de poder. El propio presidente ha manifestado " que hará lo que tenga que hacer .... " aunque todo ello esté en contra de la voluntad del pueblo, y lo afirma tajante mientras en las calles la ciudadanía se manifiesta con acritud. 
No son conscientes ninguno de los políticos, tanto los del gobierno como los de la oposición, de que estamos en estado de emergencia nacional y que los problemas son más de fondo que coyunturales. A estas alturas un sistema político que se desangra afectado por tantos años de vicio y que ha estado protegido por espejismos económicos que jamás volverán, no tiene solución alguna para seguir.
-José Antonio Chaves Pérez-

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