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viernes, 25 de mayo de 2012

Este artículo me ha costado mucho terminarlo, y pese a que he llenado el ciberespacio con unos cuantos párrafos, no lo doy por acabado. Es posible que en esta reflexión se me escapen más culpables, algunos culpables no lo sean tanto como acuso o que incluso exagere darle un matiz sombrío al relato. Pero esto es una reflexión personal y a ella me lanzo.
En los últimos 3 años hemos vuelto a entrar en una fase de declive en inversión pública en ciencia o, como se dice ahora, I+D. La bajada corre paralela a una crisis económica que remueve Europa, aunque sus consecuencias sean muy diferentes según al país que miremos. Y esto no es nada nuevo, más bien es un tema cíclico: mejora la economía, mejora la inversión, se hunde la economía, baja la inversión. De esta forma estamos acostumbrados a épocas donde parece que vamos a situarnos a la par de los países más desarrollados en inversión en I+D y otras en las que caemos al furgón de cola. Es como si fuésemos un buen corredor de maratón que cada 5 kilómetros se parase unos minutos a atarse los cordones de la zapatillas, jamás alcanzamos a ver el dorsal del líder de la carrera. Y eso por no hablar de los dramas personales que acarrea, porque la ciencia no se nutre de almas puras que hacen la fotosíntesis, sino de investigadores que han de pagar un alquiler (o una hipoteca) y alimentarse cada día.

La pregunta que deberíamos hacernos llegados a este punto es: ¿la ciencia española va tan mal como parece trascender de las noticias recogidas en los medios de comunicación? Si miramos a los resultados científicos y a la calidad de los investigadores españoles, nuestra ciencia no va nada mal, todo lo contrario va bastante bien. Tenemos investigadores de primera línea en muchas áreas de investigación, se realizan contribuciones científicas de primer nivel, y en todo el mundo se reconoce que somos capaces de formar excelentes investigadores, capaces de mantener grupos punteros en cualquier centro de esos que llaman “de excelencia”. El problema es que muchos de esos resultados se obtienen a base de muchos sacrificios, tanto económicos como personales. El problema es que esas personas tan bien formadas han de emigrar en muchos casos a otros países al no poder desarrollar su labor investigadora de una forma satisfactoria en nuestro país. El problema es que se ha de competir con pocos recursos y mucho ingenio frente a grupos internacionales que poseen presupuestos 10 veces superiores al nuestro. El problema es que la mayoría de los científicos se enclaustran en su laboratorio y se niegan a comunicar sus resultados, ni tan siquiera para explicar a la sociedad que paga su sueldo a través de sus impuestos, por qué es importante que le sigan pagando. El problema es que, ya sea por parte de falta de preparación del profesado, o por falta de medios de éste, los alumnos obtienen una formación científica deficiente, acabando sus estudios sin ser capaces de tener pensamiento crítico y entender qué significa realmente el método científico, dos aspectos básicos para poder comprender la información científica que caiga en sus manos. Muchos problemas como podéis ver (y seguro que me dejo alguno más en el tintero). A modo de resumen podría afirmar que la ciencia en España no va mal del todo, pero tiene muchos problemas que no la permiten ponerse al nivel del pretendido desarrollo económico de nuestro país. ¿Y quién tiene la culpa? La pregunta del millón. A mí modo de ver no existe un único culpable, aunque el grado de culpa no es el mismo entre todos los implicados. Haré un recorrido entre quienes reconozco como culpables.
Los políticos. Quizás parezca lo más fácil, eso de echarle la culpa a los políticos, pero es que en ellos tienen la capacidad de legislar y confeccionar los presupuestos generales del estado. Ellos han de diseñar la política científica del país. Ellos son los que han de estimular la inversión privada en I+D, que es raquítica cuando se compara con los países más desarrollados, mediante estímulos fiscales. Ellos son los que han de controlar que esos incentivos fiscales se otorgan para que las empresas inviertan en proyectos de investigación, y no en otros ámbitos. Ellos son los que han de definir líneas estratégicas de inversión en las que se pretenda ser puntero y realizar en esas líneas una apuestas a largo plazo, sin los zarandeos que producen los cambios de legislatura. Si ellos no cumplen, ellos son culpables. Pero no son los únicos.

Los científicos Los científicos también debemos cargar con nuestra parte de culpa. Y ésta se reparte de muy diferente forma. Voy a dejar aparcado el tema de aquellos que cobran un sueldo público, pero no hacen su trabajo (a alguien puede resultarle llamativo, pero algunos ilustres son como las meigas). Ni atienden una línea de investigación, ni realizan su labor docente de forma adecuada. Son efectos colaterales del hecho de que se puede ser investigador con plaza de funcionario, algo que es para toda la vida, y donde nadie pide cuentas. También dejo aparcada la endogamia endémica de nuestro sistema de selección de personal, que pasito a pasito va disminuyendo, pero demasiado lentamente. Mientras prime calentar banquillo sobre excelencia, la mediocridad seguirá existiendo en muchos rincones de nuestro sistema investigador. Todo esto lo dejo aparcado, por lo obvio y lo frecuentemente criticado, no porque sean temas para olvidar. Quienes proceden así son científicos (o eso pretendían ser cuando ganaron la plaza), y sus actitudes tiene resultados negativos en el conjunto de la actividad investigadora del país.
Ahora trataré de dos aspectos que me interesan especialmente:
(1) Por un lado el de aquellos científicos encerrados todo el día con su línea de investigación en el laboratorio. Loable aspecto si (i) la línea tiene suficiente interés para la sociedad y (ii) gracias a ese encierro se obtiene una gran producción científica. Pero criticable cuando no se explican los resultados a la sociedad. Esa sociedad paga impuestos de los que salen los salarios de los investigadores públicos; qué menos que divulgar los resultados. Y eso no sólo se debe hacer a través de congresos y publicaciones que sólo leen especialistas, se ha de extender a los medios de comunicación, difusión en la red (que no hace más que crecer) y docencia en centros educativos. Si queremos que la sociedad apoye a los científicos, éstos deben contagiar su pasión por esta disciplina.

(2) El investigador como empleador. Desde mi punto de vista esa es una de las perversiones del actual sistema, se ha dotado de instrumentos empresariales a personas que no tienen experiencia para ello. El dinero de cada proyecto llega a los centros de investigación, y éstos abren una cuenta para el mismo. Cada científico sabe cuanto puede gastar de cada partida otorgada (personal, inventariable, fungible, viajes y congresos, publicaciones….). Cada responsable de proyecto elige al personal que va a contratar (normal), y en muchas ocasiones también elige su salario (no tan normal). Y digo no tan normal porque por culpa de las dotaciones rácanas de los proyectos se cae en la tentación de contratar doctores con salarios de licenciados, licenciados con sueldos de diplomados o titulados en FP, se pagan medias jornadas y se obligan a hacer jornadas completas…. Y todo ello con el beneplácito de los centros. Quizás alguien puede pensar en estos tiempos de crisis eso es lo normal de la actividad empresarial de nuestro entorno, pero os aseguro que esta práctica es uno de los motivos de que cada vez sea más difícil encontrar personas que elijan una carrera científica como profesión. Cuando oigamos al líder de un proyecto decir que cada vez le cuesta más encontrar personal para su laboratorio deberíamos contestarle que haga una seria reflexión de por qué es así. Y cuando digo “una seria reflexión” planteo que no eche balones fuera buscando culpables alrededor de su universo, que también haga autocrítica e intente analizar qué parte de culpa puede tener su forma de actuar para no atraer a los jóvenes que terminan los estudios.
Los centros de investigación. Un centro de investigación no es más que un edificio, y poca culpa tiene. Sin embargo, estos centros poseen un cuerpo directivo y un elevado personal de plantilla que constituye el núcleo del mismo. Dentro de esos centros, en los pasillos, se pueden escuchar muchas críticas sobre tal o cual aspecto insatisfactorio en la gestión de la ciencia. Y todo queda entre las cuatro paredes. Se echa de menos una actitud reivindicativa de gran alcance, que salgan de los laboratorios y ocupen las calles, los medios. Sólo vemos heroicas protestas (individuales o colectivas) de vez en cuando, pero envidio actitudes como la de los científicos franceses de hace unos años. En nuestro vecino país, los científicos salieron masivamente a la calle. Los investigadores que tenían responsabilidades de gestión, dimitieron de los mismos. Ocuparon los medios para explicar por qué era necesario un cambio de rumbo. Algo así se echa de menos, si los investigadores no nos movemos para protestar, ¿por qué lo han de hacer otros miembros de la sociedad?
La sociedad Echarle la culpa a la sociedad es siempre lo más fácil. Todo el mundo es tonto y nadie nos comprende. No voy a caer en esa tentación. Si el nivel científico del país es bajo es porque en los sistemas educativos no se enseña bien ciencias, y en eso tenemos culpa los científicos. Si la ciencia apenas es visible en los medios de comunicación también es culpa de los científicos que no quieren salir del laboratorio. La sociedad somos todos, y si queremos que la ciencia mejore debe ser toda la tribu la que participe en esa mejora. Es falso que a todo el mundo le gusta “Sálvame” y que en este país nadie entra en un museo de ciencias. Envidio grandes museos como los que posee Londres, París o Nueva York, pero si entras en ellos te darás cuenta la cantidad de españolitos que lo están disfrutando. ¿Por qué no podemos tener algo así en Madrid o Barcelona?
No quiero seguir buscando culpables, mejor dejo el artículo abierto para que nuestros lectores hagan su propia aportación en el tema. ¿Me dejo algún culpable, me he excedido repartiendo culpas?
.Lor-

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